Para una princesa dorada.

Estas palabras aún no tienen vida. Continente perdido en la creencia de un mundo plano. Verás mi amor, la noche atesorará esta página en su luna, y te hará un guiño en tu vigilia o tu insomnio de llanto. Cuando tu mirada verde y celeste se fije en un punto perdido y te agobie el dolor, la luna nos hará el favor y brillará con todo esplendor. El techo de tu cuarto será un ficticio velo impotente. El arquetipo de la nostálgica luna dormita en tu adn y tu mente. La luna conversa con los corazones perdidos y oye sus penas de amores fallidos. Yo elevo estas líneas a la amarilla luna con la ansiedad prepotente del que ama en silencio y con locura. Y me resigno con dolor a la espera del monje que debe soñar con un ancla y del tigre que debe morir en Sumatra. Estoy a la espera, a tu espera atemporal. Estoy a la espera y aún no he concluido el poema. ¿Quién te ama en estos días de octubre?, ¿a quién bendices con tu compañía? ¿a quién le sonríes faustamente?, ¿Cuánto te duele el dolor?, ¿a qué saben tus labios y tus sonrisas?, ¿ que necesitas?, ¿qué te sobra, que te falta?, ¿Cuánto me ignoras, cuanto me odias, cuanto me quieres, cuanto me amas?. ¿De qué material está construida nuestra distancia?, ¿ será de un hierro tirano o de un perfecto jazmín?, ¿ en qué cosas ocupas tu mente?, ¿ de qué modo me has archivado allí?, ¿cuánto bien te he regalado y cuanto más he hundido tus clavos?. Soy un creyente, un creyente sin ojos que ha encallado en la orilla de tu ser. ¿Cuánto tiempo ha pasado?. Un año me informa mi percepción. Un año negándote en silencio y sólo hoy, he tenido el valor para escribir lo que siento. Valor, un cobarde valor movido por convexos pensamientos. ¿Qué epifanías se te han revelado? ¿ a qué hombre le has coloreado la piel con tus milagrosos labios? He preferido el silencio, al absurdo silencio del poeta enamorado. He preferido el silencio para no verme llorando. ¿Qué dirán tus redes sociales?, ¿qué leerás en tus viajes subterráneos? ¿Qué músicas te acarician las ganas?, ¿Qué nuevos poetas te llegan al alma?, ¿ qué amistades se abusan de tus vulnerabilidades?, ¿ qué palabras te han susurrado al oído?, ¿qué has ganado, que has perdido y que lección has aprendido?, ¿cuántos besos robaste y cuantos te han sido robados?. ¿Cuántos gemidos, cuantos polvos y cuantos te amos han parido tus labios?, ¿cuántas noches de insomnio han acrecentado tu pena? ¿cuántos mates, cuantas horas, cuantos llantos y cuantos cigarrillos te han fumado?. ¿Cuántos zaguanes has frecuentado?. Feliz cumpleaños te profeso en silencio. Feliz primavera y feliz verano. Te acaricio en silencio y te regalo un te quiero. Y envidio las tazas de café que comparten tu tiempo. “Nadie muere de amor” decía un hombre sabio con el que algo comparto. Autor de un color, y de ciertas calles que hoy no puedo caminar. Co-autor de un milagro, co-autor del milagro de vos. Ahora comprendo a las que me revelaron su amor y no me han olvidado. Pero así está mejor. ¿ O acaso alguien me prometió un jardín de rosas? ¿ O acaso alguien puede vivir sin dolor?. Te duelo, te quiero, te extraño. Te pienso y anhelo como el presidiario a la libertad de un verde campo. A veces te sueño y en la bibliografía de Freud no hallo consuelo. ¡Cuánto te aprecio!, ¡cuánto te deseo lo mejor! Estoy desvelado. Luna sagrada que oíste y lloraste con Shakespeare y Baudelaire, te entrego esta carta salada como el mar que separa a dos que se aman. Esta carta apagada y destinada a los ojos claros de una mujer que delata a mi alma. Te la entrego sin más, para que la ubiques en la tristeza de su mirada. Te la entrego sin más, para que las letras puedan cobrar vida y sentido. Luna hermosa y preciada, la belleza es común, y el entendimiento es propicio entre dos hermosas damas. Luna que habitas en la noche del alma, te pido que leas el canto de su mirada. Y si hallas en ella una alegre melodía de vida y amor, ¡Oh por dios no la perturbes!. Déjala así, libremente jugando y amaneciendo en cada beso. Déjala ser, como lo son las flores y el viento. Hermosa y libre, y remíteme a mí la fealdad carcelaria. Remíteme a mí la crueldad de un destino truncado. Remíteme a mí sus punzantes dudas y sus tristes desganos, que mi amor puede más que su dolor. Pero si la página que lees en sus ojos, ha sido maldita por el cobarde ángel de la soledad, no lo dudes mi luna hermosa y antigua, susúrrale las letras que conforman mi nombre, susúrrale mis ganas, susúrrale las líneas de esta carta amargada en la espera de la ejecución de la cifra de arena. Sólo ella puede darle la vida. Causa y efecto. Voluntad, valor y cobardía. Luna que albergas a poetas errantes. Pongo mi sufrimiento y esperanza en tu ermita de oro. Por mi parte ya lo sabes, seguiré esquivando las calles que evocan su imagen. Seguiré errando por el amargo sendero de una desaborida disciplina. Seguiré aprendiendo el arte del olvido. El arte de su olvido. El arte del navegante que sueña con un nuevo puerto en cada estrella. Aunque cada brisa le traiga su pretérito aroma, aunque cada mañana despierte con su nombre en la boca. Aunque todos los puertos del mundo, conformen un laberinto de hierro, en la salida, en la última puerta: Su corazón indiferente, adormecido. Y mi corazón, elegantemente herido.

Verde

No tengo el oro ni el dorado. No, hoy tengo el verde oscuro que reina en la profundidad de la tarde. Este aroma justifica el día que ya ha comenzado a declinar. Y no es el costo sino la plusvalía lo que endulza. Es el arte de mirar y pensar la disciplina. La escritura de estas líneas es innecesaria. O tal vez no. Quizás sirvan para que alguien alcance a despertar. Tal vez su destinatario no sea otro que su autor adormecido en un tiempo futuro. Tengo el verde oscuro que respira la tarde. El verde enaltecido por la oscuridad que se avecina. El verde sensible del jardín, y el verde inteligible de un color. De una categorización sin rumbo que me existe. Pero tengo el verde y eso tal vez me calma la incertidumbre de vivir. Tengo el verde Yerba mate y su melódica tradición de compartir. Del campo y de la barbarie, del fuego antiguo que aún continúa asombrándome y seduciéndome. Tengo el verde iris en el recuerdo de unos ojos de mujer. Tengo el verde en la piel de una manzana, en un par de zapatos que ella lucía para mí. Tengo el verde en la figura de un naipe con autoridad, tengo el verde en un uniforme guerrillero y en las selvas que le sirven de escenarios. Tengo el verde en las duras y pesadas hojas del nogal que caen irremediablemente. Tengo el verde en la elegía del nogal y mi abuelo. Tengo el verde en la cubierta de un libro que no frecuento habitualmente aunque debería. Tengo el verde del silencio coloreado por la tarde. Tengo el verde del jardín cuyos senderos se bifurcan. Tengo el verde arquetípico que también tuvo Heráclito. Tengo el verde entropía y eso justifica todo. El verde jardín embellecido por la cárcel de cemento. Respiro el verde perfecto que sabiamente se comienza a oscurecer. Caen unas gotas de lluvia y me llega el verde aroma. Pinto inteligiblemente las paredes del cuarto enrocando humedad por belleza. Re-organizo. Someto todo a su profunda certeza. Coloco el volumen de Clausewitz junto a los de Kotler y Lambin, los aparto. Le agradezco casi llorando esa gentileza. Se precipitan las gotas. Acepto la melodía y sospecho un cambio brutal. El verde se va con la tarde. No enciendo un cigarrillo, el humo es mi musa y ciertamente me distraerá. Los pájaros han cesado de cantar, ahora buscan refugio presurosos. Tal vez sea esa la última caricia que recibiré de esta verde tarde y jardín. Los pájaros buscaron refugio, se han escondido en la profundidad de los árboles. Me invade la tristeza, el verde se fue, así de pronto se fue. Como un beso robado, o un te amo susurrado recíprocamente por dos que se aman, el verde me ha revelado el principio básico de la entropía. El verde me buscó y me obsequió este tesoro marginal, su piel, su textura, su profundidad. El verde me ha resuelto una parte de la ecuación tal vez arquetípica. No es el costo lo que atesora la verdad, la rima sagrada, entropía y plusvalía, me fueron revelados por este verde libertad.