Poesía engendrada de madrugada,
corazón que no logra callarse,
cuando la luna se hace dueña,
y las penas se hacen realidades.
Cuando el universo desaparece,
y la pluma grita desolación,
cuando la vida cobra sentido,
cuando la ingrata muerte,
viene en un frío recuerdo,
con los ojos relucientes.
El Rey negro mira de reojo,
reposando sobre el tablero,
mientras planea su próximo movimiento,
mientras se relamea,
a la reina oponente.
El rey blanco,
hace lo propio desde su orilla,
cansado ya de esa guerra,
pensando en el retiro,
maldiciendo su destino,
recordando y anhelando,
su parcela en el oriente.
Cuadernos apilados,
con distintos nombres femeninos tatuados,
con distintos asuntos,
anillos de las épocas,
de encaje perfecto,
a las noches y días de mi vida.
Hay báculo porteño!,
si pudieras desterrar de mi alma,
estas penas melancólicas,
que ya no logran inspirar,
que ya no quieren exiliarse,
que ya no logran embriagar,
con recuerdos con sudor.
Una madrugada, un rey, y una pluma
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Demasto
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